EX LIBRIS

Adiós a René Avilés Fabila

BERNARDO GONZALEZ SOLANO

René Avilés Fabila.
René Avilés Fabila.

Hasta luego, amigo. René Avilés Fabila (1940-2016), fue uno de mis primeros cuates al iniciar los cursos de Diplomacia en la generación 1962-1966, en la Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Recuerdo que durante una clase del inolvidable maestro Arturo Arnáiz y Freg –que no solo formaba sino que daba trabajo a sus alumnos, como fue mi caso–, René y el que esto escribe hicimos causa común con el atildado y puntilloso catedrático que aseguraba que los diplomáticos mexicanos deberían ser buenos escritores aunque no llegaran a ser literatos reconocidos. Ese fue el inicio de una larga amistad que mantuvimos durante 54 años, hasta que la parca decidió su partida sin retorno. La muerte de alguien querido siempre duele, aunque seamos conscientes de que esa persona disfrutó, a cabalidad, su vida.

Ese fue el caso de mi condiscípulo universitario. Hijo de maestros, su padre, René Avilés, y su madre, cuyo nombre ya no registra mi memoria, fueron de aquellos mentores que ya no hay, y que heredaron a su hijo un grandísimo amor por las letras. Escritor  y editor, el padre fue uno de los creadores del Libro de Texto Gratuito, junto con Jaime Torres Bodet, Adolfo López Mateos y el gran escritor y periodista, Martín Luis Guzmán Franco, autor de La sombra el caudillo y primer director de la Comisión del Libro de Texto Gratuito.

Por cierto, todavía conservo en mi parca biblioteca, el ejemplar que me regaló el profesor Avilés del volumen que editó de la Antología Poética de Porfirio Barba Jacob, en la que incluye Acuarimántima: “Hay días que somos tan lúbricos, tan lúbricos….; hay días que somos tan lúgubres, tan lúgubres…”

De tal suerte, René no podía ser más que lo que fue: escritor a carta cabal. Algún día le dije que llegaría a ser el mejor escritor de México. No sé si la crítica así lo considera, pero si no es así no fue por falta de trabajo, René es autor de alrededor de veinte títulos de distinto género, algunos, como El gran solitario de Palacio (1971), Los juegos (1967), Requiem por un suicida, entre otros, han sido reeditados con frecuencia. Entre 2001 y 2007, la Editorial Nueva Imagen, ya desaparecida, publicó las Obras completas de René Avilés en 14 tomos. Nada mal para el entonces casi septuagenario. Eso, sin contar que en vida –como debe de ser–, recibió un titipuchal de homenajes con motivo de sus cincuenta años de escritor.

En alguna ocasión, René se autodefinió: “como alguien que vive de su trabajo escrito. Nunca me vi como político, ni como médico, ni torero; desde que tuve una edad razonable  me visualicé como escritor. Por fortuna siempre viví en un mundo de libros y de actividades culturales. Escribo diariamente y soy autor de libros de cuentos, novelas y artículos periodísticos”. Escribir en periódicos y revistas fue una actividad para René tan importante como la de su vocación magisterial –que indudablemente había mamado, no hurtado– en la UNAM y en la UAM durante décadas. En varias ocasiones coincidimos en algunos centros de trabajo, como en el viejo INJUVE, él como jefe de publicaciones, yo como jefe de prensa. Y, en los últimos tres lustros, por lo menos, fuimos compañeros en las páginas de la histórica revista Siempre! Por su notable trabajo en el suplemento cultural El Búho,  del periódico Excélsior, René recibió el Premio Nacional de Periodismo.

Hace dos años, en octubre de 2014, recibió la Medalla de Bellas Artes, que agradeció muy complacido. El día que le entregaron el merecido galardón, nos desayunamos él, su esposa Rosario (relación amorosa que disfrutó la pareja durante más de medio siglo) y el suscrito, en un restaurante frente a la Alameda central de la rimbombante Ciudad de México. Aparte de la convivencia de ese día, el año pasado, en noviembre, estuvimos juntos en la entrega del Premio José Pagés Llergo instituído por Beatriz Pagés Rebollar, directora del semanario Siempre!.  Y a principio de este infortunado 2016, reunió en su casa de la colonia Narvarte, a varios amigos (incluída María Luisa “La china” Mendoza, a la que dedicó varios artículos periodísticos, así como lo hizo con otra de sus grandes amistades, Elena Garro, apenas hace dos o tres semanas en su columna del periódico La crónica de hoy), donde había instalado otra de sus grandes pasiones culturales, el Museo del Escritor, propósito que infortunadamente nunca pudo cristalizar por la cortedad de miras y envidiadas de la burocracia “intelectual” y política de este país que desespera.

Decepcionado de sus ideales políticos en el Partido Comunista, en el que militó durante varios años y al que llegó por su relación con José Revueltas, René fue crítico severo de esa izquierda absurda carcomida por mentes ñoñas que no le perdonaban sus cuestionamientos. Renunció al PC y con toda libertad manifestó sus ideas políticas, sin medrar con ellas. Amén de hacer lo que más le gustaba, René fue hombre directo, sincero, leal a sus amistades. Un amigo que se va, como dice el cantante.

Con motivo de la aparición de su libro Requiem por un suicida, René dijo: “Yo no trato mal a la muerte, hablo de sus discutibles virtudes y al contrario de la mayoría, escribo de la belleza que puede significar la muerte, en particular la voluntaria (asistida o no), si existen razones poderosas, enfermedades terminales, por ejemplo”…”Una mujer joven, me preguntó, en clara alusión a Requiem, si yo amaba o temía a la muerte. Le dije con absoluta sinceridad que le temía y la detestaba. A mí, como a mi amigo, Marco Antonio Montes de Oca, me gustaría morir solamente por diez minutos…Mi intención no es invitar a nadie al suicidio. Trato, eso sí, de mostrar que un personaje complejo, sensible es capaz de enamorarse de la muerte a pesar de tener éxito y carecer de males físicos y mentales. ¿Por qué temerle si es algo natural, como el nacimiento, o quizás pueda ser la respuesta sensata a una vida atribulada…?”.

René, querido amigo, en esta ocasión, tu viaje durará más de diez minutos. Hasta luego.

EL TESTAMENTO DE HENNING MANKELL

Henning Mankell.
Henning Mankell.

Para completar esta columna necrológica, reproduzco la que publicó Pedro G. Cuartango, en su sección Tiempo Recobrado, titulada “Queridos venenos” en el periódico madrileño El Mundo: “Henning Mankell murió de un cáncer en noviembre del año pasado. El último año de su vida lo pasó escribiendo una novela que concluyó unos meses  antes de su fallecimiento. Acaba de ser publicada en España con el título Botas de lluvia suecas.

“Confieso, de entrada que me ha conmovido porque lo que Mankell escribe es un testamento en el que, sin adorno ni eufemismo alguno, expresa la fragilidad de un hombre ante la muerte.

“El protagonista de la ficción es un médico de 69 años (la misma edad que tenía Mankell cuando murió), que habita en una solitaria isla sueca y que ignora que el paradero de su hija, su única familia. El médico pierde en un incendio su casa, heredada de sus abuelos, mientras se esfuma la posibilidad de tener una relación con la mujer de que la que ha enamorado.

“La historia me evoca la conocida frase de Lacan, que decía algo así como que amar es dar algo que no se tiene y que el otro tampoco es capaz de recibir.

“Nuestra vida es una desesperada lucha contra la soledad y contra la pérdida de los seres queridos. Todo lo que hemos amado alguna vez está condenado a desaparecer.

“En esta última novela de Mankell, el protagonista viaja a París a buscar a su hija y allí se reencuentra con su pasado. Ese pasaje es autobiográfico porque el escritor sueco se fugó de casa de sus padres a los 17 años y se fue a la capital francesa sin un céntimo en los bolsillos. Allí encontró trabajo en un taller de reparaciones de instrumentos musicales de viento, en el que le pagaban una miseria que apenas le permitía sobrevivir.

“A través del médico de la novela, Mankell señala que vivió en una bocacalle de la rue  Vaugirard, que paseaba por los Jardines de Luxemburgo y que frecuentaba un antro de jazz en el Barrio Latino, justamente los mismos lugares en los que yo estuve diez años antes(…)

“El París que describe es una ciudad desmesurada, hostil e inhumana, pero a la vez profundamente atractiva y sensual, como una mujer que se desea y que a la vez es absolutamente inaccesible.

La Sombra del Caudillo.
La Sombra del Caudillo.

“Pero no son las casualidades ni las afinidades lo que más me ha impresionado de la novela de Mankell. Lo que me ha sacudido como el agua helada en la que se baña cada día el protagonista, haciendo un agujero en la banquisa, es la vertiginosa sensación del transcurso del tiempo que conecta la infancia con una muerte que llama a la puerta de ese médico que lo ha perdido todo.

“Cuando uno sobrepasa los 60 años de edad, la hegemonía del pasado sobre el futuro empieza a ser aterradora. El peso de los que ya no están resulta agobiante y el interés por la vida decae progresivamente. Acabo de leer una entrevista con mi querido amigo Fernando Savater en la que dice que ha perdido las ganas de vivir tras la muerte de su mujer, aunque ello no significa que desee morir. (Curiosamente yo también leí esa entrevista y la comenté en una EX LIBRIS anterior).

“Me parece que Mankell vivió siempre agobiado por su herencia luterana y una conciencia de culpa de la que extrajo sus mejores creaciones. Cuenta en sus memorias cómo vio en su adolescencia morir ahogada a su mejor amiga al hundirse en el hielo, una imagen recurrente en sus sueños”.

En fin, René y yo disfrutamos, a nuestra manera, el París “que siempre nos queda”. VALE.

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