El político y el creador

Miguel Ángel Sánchez de Armas

 

Me di licencia de parafrasear el título del célebre ensayo weberiano pues creo que las consideraciones sobre la relación de creadores y políticos entran en el mismo surco arado por el viejo profesor, quien observó que los gobernantes viven en la permanente angustia de ganarse el reconocimiento de sus gobernados y que esto los moldea en la convicción de que la política es el mundo en el que los demonios, léase los creadores, andan sueltos.

No sugiero que todos los creadores sean “demonios” para los políticos y es claro que una muchedumbre de quienes así se autonombran son más falsos que una frase de Donald Trump, pero un repaso histórico arroja que creadores y políticos son ingredientes de un coctel explosivo, una dupla catastrófica… y no por culpa del arte. El espíritu crítico que acompaña al quehacer artístico irrita al poder, y sus personeros no tienen reparo en utilizar métodos sutiles o burdos para acallar a los artistas cuando se les considera un peligro.

La censura es la espada de Damocles que pende sobre los creadores. Lo único que cambia es el contexto, el personaje que la orienta y a veces el grosor de la cuerda que la sostiene. Desde la quema de libros de alquimia en la biblioteca de Alejandría ordenada por el emperador Diocleciano hasta la declaración de persona non grata al escritor Günter Grass por el gobierno israelí en 2012, la historia registra incontables casos de censura a los creadores cuando expresan, ellos mismos o a través de sus obras, opiniones contrarias al interés político.

La razón de negar al Premio Nobel la entrada a Israel -más simbólica que eficaz- fue el poema Lo que hay que decir, en donde se lee:

¿Por qué he callado hasta ahora? / Porque creía que mi origen / Marcado por un estigma imborrable / me prohibía atribuir ese hecho, como evidente / al país de Israel, al que estoy unido / y quiero seguir estándolo. / ¿Por qué sólo ahora lo digo, / envejecido y con mi última tinta: / Israel, potencia nuclear, pone en peligro / una paz mundial ya de por sí quebradiza? / Porque hay que decir / lo que mañana podría ser demasiado tarde, / y porque —suficientemente incriminados como alemanes— / podríamos ser cómplices  de un crimen / que es previsible, por lo que nuestra parte de culpa / no podría extinguirse / con ninguna de las excusas habituales.

Creo que el arte trasciende a las mordazas de la política. Claro que en un primer momento el puño del censor cae furioso sobre el escritorio y en ese instante Caballería roja es purgada de las editoriales e Isaac Bábel enviado al paredón, La sombra del caudillo se queda en España lo mismo que Martín Luis Guzmán, Ulises se confisca en las aduanas y Joyce no obtiene una visa, Cariátide es satanizada y Salazar Mallén va a los tribunales, No me voy a casar es echada del escenario a punta de pistola y Ngugi wa Thiong’o encuentra alojamiento en el apando de la cárcel más cercana… y un largo etcétera para el que no tengo espacio. Mas al paso del tiempo, Bábel, Guzmán, Joyce, Mallén, Thiong’o y todos los habitantes de mi etcétera, vuelven a nosotros más vivos que cuando caminaron sobre la tierra, mientras que los nombres de sus verdugos, si alguien los recuerda, es con oprobio.

Una revisión somera de la historia arroja episodios fascinantes de crítica artística y políticos autoritarios. Por ejemplo, el caso de la pintura de Edouard Manet sobre el fusilamiento de Maximiliano en el Cerro de las Campanas, uno de cuyos fragmentos se exhibe en la Galería Nacional de Londres. El artista presenta a los militares mexicanos con uniformes franceses y con ello nos dice que fueron Francia y Napoleón, no México y Juárez, los responsables de la muerte de Maximiliano y sus generales. El mensaje del conjunto es una acerba crítica a Napoleón III, nombrado el pequeño por Víctor Hugo, quien se aseguró de que la pintura no pudiera ser exhibida en Francia. Al Príncipe-presidente le era insufrible el más leve cuestionamiento a su gobierno.

Los artistas son incómodos cuando no encarnan lo que Antonio Gramsci llamó intelectualidad orgánica. Se combate a los “críticos” porque los “neutrales” resultan convenientes a los intereses del poder. Cuando los creadores hacen públicas sus opiniones se les considera más peligrosos pues a diferencia de los políticos, los creadores están investidos de credibilidad y tienen un capital político superior al de quienes se dedican profesionalmente a las actividades públicas. Por eso son combatidos y colocados en el centro de la polémica en un intento por descalificar sus opiniones. Es la misma razón por la que muchos artistas fueron víctimas de la persecución porfirista, hitleriana, estalinista, macartista, videlista, pinochetista y una serie de “istas” más larga que la Cuaresma y que por supuesto ni de lejos pretendo citar aquí.

La historia registra incontables casos: José Martí, Jean Paul Sartre, Henry Miller, Guillermo Cabrera Infante, Alejandro Solyenitzin, Jack London, Salman Rushdie, James Joyce, Oscar Wilde, John Steinbeck y una nutrida muchedumbre. La censura puede ir desde la prohibición de la obra -que ha afectado especialmente a los escritores- hasta la cárcel o la muerte. Mas la paradoja es que los resultados son casi siempre contraproducentes, lo cual, como ya estudió Weber en el ensayo que me he tomado la licencia de parafrasear, hace casi divertido ver cómo los políticos recurren a esta práctica una y otra vez.

Cuando allá por 1740 François Marie Arouet -mejor conocido por su nom de plume, Voltaire-, supo que el gobierno de Francia había mandado incinerar en la plaza pública cuanto ejemplar de sus Cartas inglesas fue posible confiscar, se dice que exclamó: “¡Cómo hemos progresado! Antes se quemaba a los escritores… hoy únicamente a sus libros. ¡Esto es civilización!” Doscientos años después, James Joyce se quejaba con su impresor gringo: “No menos de veintidós editores leyeron el manuscrito de Dubliners, y cuando, por último, fue publicado, una persona muy amable compró toda la edición y la hizo quemar en Dublín —un nuevo y privado auto de fe.” Y  no hablemos de México, en donde han tenido lugar episodios que mueven a pena ajena, como la campaña desatada contra Los hijos de Sánchez o la prohibición de La sombra del Caudillo.

Tengo la seguridad de que la condena a Grass expedida por los políticos israelíes no reflejó el sentimiento mayoritario de un pueblo al que veo más cercano a Amos Oz. Creo además que en materia de censura, o de toda actitud del poder público o privado que parezca censura, nadie puede dejar de alzar la voz, aunque tal censura parezca minúscula y “justificada”. Martin Niemöller se encargó de recordarnos esto en su doloroso verso: Primero vinieron por los judíos / y no dije nada / porque yo no era judío. / Luego vinieron por los comunistas / y no dije nada / porque yo no era comunista. / Luego vinieron por los sindicalistas / y no dije nada / porque yo no era sindicalista. / Luego vinieron por mi / pero ya no quedaba nadie / para hablar por mí.

 

13 de mayo de 2018

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