La semilla en la voz

Jorge Luis Serrano Texta

 

La semilla en la voz, es un verso que siembra la palabra en un esplendente poemario decantado, que huele a la entraña del alma; un fraseo como lenitivo vanguardista, mosaico de propuestas posmodernas, fervoroso realismo sin concesiones. Obra poética colectiva, agradable ejemplo de cómo las nuevas generaciones han torcido de manera contundente veintisiete veces el cuello al cisne (Enrique González Martínez), porque ese es el número de voces que imponen diversos ritmos a la expresión que nada quiere saber del “engañoso plumaje que da su nota blanca al azul de la fuente”, pero sí desean ahondar en las diversos ámbitos del desamor, la melancolía, y el compromiso social para evocarlo en la palabra clara, como fronda sensorial que mitiga el dolor.

En los poemas que pueblan el libro hay efluvios del concepto que el bardo granadino Federico García Lorca, esgrimió en una entrevista lejana y poderosa: “La poesía es algo que anda por las calles. Que se mueve, que pasa a nuestro lado…Por eso yo no concibo a la poesía como una abstracción, sino como una cosa real existente, que ha pasado junto a mí”, yo agregaría que también está en el terruño – en BCS se cocina todo esto a favor de la lectura – que a diario se acerca a nosotros a través de la belleza que describe la palabra.

Es la música del idioma de Cervantes que vence a un público lector que se ha alejado de la poesía, porque quizás le tenga sin cuidado que el Poema es un género literario desafiante, al que castiga mirando de reojo las mesas de novedades donde abundan novelas de largo aliento. Infortunadamente la poesía no es la moda.

Los jóvenes poetas, son orfebres de la lírica contemporánea que profundiza en las calles, frente al mar “mueren nuestros pasos en la arena”. Evocan la naturaleza y a poetisas de sueño atrasado como Alfonsina Storni, mantos acogedores y su entorno irreverente contra lo establecido; una rebeldía que sacude la conciencia y que abre las posibilidades para no ceñirse a lo trillado.

Son castas que se diluyen en un hiperrealismo que roza los estados emocionales sin un ápice de ingenuidad porque se trata de mostrar que el amor no es algo edulcorado como lo dice Lucía Sam en Motivos: “A usted no tengo razón para amarle. / No encuentro un motivo para recordarle. / Usted no ha hecho nada para llamar mi atención. / No hay nada en usted que yo necesite”. Los finales felices no existen.

Aquí no hay espacios para la mojigatería. Se intenta salvar el espíritu femenino, porque el erotismo deslumbra en su búsqueda del añil infinito: “He buscado en mis venas/ tu pasión desenfrenada, / tu frenesí, tus manos, tus piernas, / tu penetrante mirada”, de esa manera lo propone Nora Soto en su Ya no corre sangre por mis venas. Lluvia Walkinshaw, rechaza absolutamente la cursi esperanza como signo del amor devastado y lo asume objetivamente en versos que matan: “Ya cuando sea humo, / tú estarás fumando un pitillo con otra. / Y me exhalarás”.

Asoman coincidencias carverianas y no pretendo encasillar al autor en alguna corriente literaria, porque las musas tienen el don de la ubicuidad. Es el caso del logrado poema Lucidez de Jorge Arce Gálvez, un guiño a la etapa sórdida de mi imprescindible Raymond Carver: “Juguemos a atrapar unicornios / para colgarlos del retrovisor del auto, / a escondernos de los duendes / que tienes en el jardín. / Soñemos que fuimos alcohol / que se diluyó entre las manos / y brindemos con la luz solar / que se filtra por la ventana / de mi habitación sucia y acolchada. / Juguemos Madre, que vienes por mí / y me rescatas de esos seres de bata blanca”. El hiperrealismo en su profunda expresión psicosociológica.

La semilla en la voz, que he leído con fruición, es fruto de un esfuerzo entre Ediciones CASCABEL literatura, el Instituto Sudcaliforniano de Cultura y la Secretaría de Cultura Federal, coordinado por el narrador y poeta Raúl Cota Álvarez, una edición impresa que en estos tiempos representa un acto heroico considerando la precariedad del presupuesto destinado a la cultura.

La buena noticia es que el libro no es uno de tantos. En sus páginas convergen plumas de gran calidad. A los ojos de un lector sensible, asumo que evocará solidariamente al poeta español Luis Cernuda (Antonio Rivero Taravillo, Luis Cernuda, años de exilio 1968-1963, Tusquets Editores, México, 2011), hombre desolado, en su exilio en la fría ciudad de Glasgow, Escocia, en plena Segunda Guerra Mundial, escribió a la hija de su mecenas.

Dice en su carta el autor de Ocnos: “el tono que predomina en mi obra es un tono trasnochado, en el cual los poetas incluidos, como los gatos de noche, todos aparecen pardos, y sólo aquellos que tienen verdadera fuerza poética emiten tal o cual destello en la monotonía general. ¿Cuáles entre los poetas actuales lo parecerán mañana?”.

Allí se insertan justamente los poetas sudcalifornianos.


*Aforismo latino que significa, donde hay sociedad hay derecho.

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