Cuando el pueblo decide

Ángel Lara Platas

 

El primero de julio pasado quedará registrado en la historia como el momento en el que los mexicanos decidieron cambiar, a golpe de urna, las formas de hacer política. Optaron por sacudir el sistema político mexicano que cargaba con el peso de abusos y desatinos lacerantes, y una galopante corrupción que si no se combate existe el riesgo que se convierta en cultura.

El arrollador triunfo de un partido de reciente creación (4 años), que aún no había logrado consolidar una estructura nacional como la que se jactaba tener el PRI y el PAN, y con la desventaja que significa ser oposición; se gesta por el hartazgo de la gente por la sangría económica que representaba el financiamiento a los partidos, sin recibir de vuelta el menor provecho en lo político y en lo social.

A los dirigentes partidistas los cegó el poder y el dinero. Hasta sus militantes reprobaron enérgicamente que el recurso de las prerrogativas fuese utilizado para cosas que nada tienen que ver con la operación de esos institutos políticos. Al margen de los intereses de la gente, abusaron en la repartición de los cargos públicos cuyos beneficiarios fueron: compadres, parientes, esposas, amantes o incondicionales; nada para la militancia.  No hubo medida en la utilización del poder para conseguir beneficios personales.

Las extravagancias, acumulamiento de activos, lujos y comodidades a costa de los recursos públicos, obnubiló la mente de los políticos. Llegaron a sentirse los absolutos dueños de la voluntad popular. La gente se guardó los agravios y los cobró, todos juntitos, el primero de julio. Las personas capaces y con vocación de servicio no eran mérito suficiente para aspirar a un cargo público. La mejor carta de presentación eran las proclividades hacia lo deshonesto y atentatorio. Por sexenios prevaleció el soslayo a la capacidad da y la experiencia.

Pena ajena que los mismos que llevaron a la derrota a sus propios partidos políticos, afanosamente buscan que alguien les explique qué pasó. No han asumido que la gente no quiere saber nada de partidos políticos.

La forma de hacer política ya cambió, no quiero decir que será mejor o peor, pero ya es diferente. La gente que votó está empoderada, saben que con su voto pueden sancionar o premiar.

Los dirigentes partidistas no se percataron de la trascendencia de las redes sociales. Si bien es cierto que no son determinantes para los resultados de una elección, sí norman criterios. Los usuarios de las redes hicieron una depuración de la información difundida y se quedaron con aquello que tenía lógica y fundamento.

El Presidente electo Andrés Manuel López Obrador se puso la vara muy alta, pero si se lanza contra la corrupción en serio, hará avanzar a México. Si la cúpula gubernamental le cierra la puerta a los sobornos la actitud se replicará hacia abajo. Si se imponen sanciones ejemplares a los que pretendan continuar con cualquier tipo de prácticas corruptas sin importar de quien se trate, lo van a pensar.

La política se debe dignificar, debe recuperar su nivel. La política no es sucia, no es mala, simplemente es política; los que se corrompen y la ensucian son los políticos.

Los que se autonombraban tutores del destino de los mexicanos ahora lloran en medio de la desolación política, no comprenden por qué la gente les ha echado abajo sus privilegios. Sin lugar a dudas prefirieron nuevo por conocer que viejo por conocido.

Los mexicanos votaron por la esperanza, decidieron arriesgar a continuar con un sistema caduco que pocos beneficios aportaba al País. No quieren ver más camionetas de lujo  con escoltas cuidando a señoras haciendo el súper o en el salón de belleza. Se experimentarán nuevas formas y criterios. La sociedad en general se adoptó el papel que corresponde a toda sociedad en pleno ejercicio de sus derechos y deberes: decidir a qué partido le da la oportunidad y a quien se la retira. De lo anterior se podría esperar que los ciudadanos una vez empoderados se conviertan en el principal contrapeso de las autoridades. Los otros contrapesos, los medios de comunicación, tendrán que abandonar el papel de aduladores del poder y señalar, de manera argumentativa, los errores y los excesos de los políticos; para estar en sincronía con la sociedad.

La clase política mexicana no estaba nada lejos de los afamados dictadores de la historia mundial. Por ejemplo, se recuerda el gobierno del dictador filipino Ferdinand Marcos (1965-1986), considerado como el mayor cleptócrata de su tiempo, cuya esposa, Imelda, tenía dos mil pares de zapatos, trescientos bolsos de mano elaborados para ella por un diseñador neoyorquino, trescientas pulseras de oro con brillantes, yates, mansiones en Nueva York y un diamante rosa valuado en 7.5 millones de euros; entre otras muchas colecciones caprichosas.

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