El silencio nunca es permanente

Por: Zaira Rosas
zairosas.22@gmail.com

Ante los ataques constantes de violencia, la inseguridad, el acoso y las violaciones sexuales que en la UNAM se han presentado repetidas ocasiones, nadie puede seguir callado. Las instituciones de Educación Superior son las creadoras de agentes de cambio, a través de ellas se gestan líderes para el futuro, por ende deben ser las primeras en garantizar los valores a los que aspira el país, por desgracia eso no se ha visto últimamente en la UNAM.

La mediocridad de los gobiernos y la incapacidad de atender las crisis se ha extendido a aparatos autónomos en los que los favores políticos se hacen evidentes, quienes están encargados de proteger a la población estudiantil llevan años fingiendo que los hechos son casos aislados, que casi no ocurre y que no escuchan la angustia de quienes acuden a sus planteles día con día.

Pero cuando los señalamientos públicos aumentan, es inminente tener que dar la cara, aunque sea reconociendo vagamente las culpas, pero al menos atendiendo súplicas de antaño, la seguridad de sus miembros y erradicación de quienes desde tiempo atrás eran señalados como responsables de infinidad de faltas. Sin embargo, los atacantes están en distintos rangos, no se trata solo de grupos de choque en los que jóvenes se atacan entre sí, sino también de las autoridades.

La incompetencia de puestos clave para protección de la comunidad universitaria es evidente, pero esta problemática lleva infinidad de generaciones y a casi 50 años del movimiento de 1968, las inconformidades se hacen escuchar, porque poco a poco el miedo pierde efecto ante las amenazas y la necesidad de ser atendidos es mayor que el daño de los ataques.

La UNAM no somos todos, pero la solidaridad sí debería ser de todos, toda la sociedad debería sumarse a las demandas porque el respeto y la garantía de derechos que piden los jóvenes son las mismas súplicas que sexenio tras sexenio hacemos a nuestros gobiernos. La universidad es un reflejo de lo que hemos permitido como sociedad, de la misma indiferencia que tenemos día con día ante los crímenes a lo largo y ancho del país, nos hemos acostumbrado a ver cada uno de los sucesos desgarradores como eventos aislados y no como el resultado de las faltas de exigencia y la manipulación de intereses políticos.

Es nuestra obligación social apoyar cualquier causa en la que se busque la dignidad humana, el respeto a las ideas y la expresión pacífica. Esas mismas demandas deben hacerse a nivel nacional, no sólo en la educación superior, sino también en cada Estado, el cambio de gobierno, la alternancia en gran parte del país no significan nada si los vicios prevalecen. De nada sirve izar la bandera de honestidad si la lucha contra la corrupción es nula y en la práctica las manías deplorables prevalecen. Un gobierno que solapa los engaños, que da una cara pública y actúa con alianzas entre infames no ha cambiado tanto como pregona.

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